[*ang*] *ANgels OF deAHT*(buscando reclutas)
Vampiro Clan
Fundado:
del dia 07.09.2006 a las 20:01:02
Descripción del clan
Soy el vampiro Lord. Soy inmortal. Más o menos. La luz del sol, el calor prolongado de un
fuego intenso... tales cosas podrían acabar conmigo. Pero también podrían no hacerlo.
Mido un metro ochenta, una estatura que resultaba bastante impresionante hacia 1780,
cuando yo era un joven mortal. Ahora no está mal. Tengo el cabello rubio y tupido, largo hasta casi los
hombros y bastante rizado, que parece blanco bajo una luz fluorescente. Mis ojos son grises pero
absorben con facilidad los tonos azules o violáceos de la piel que los rodea. También tengo una nariz fina
y bastante corta, y una boca bien formada, aunque resulta demasiado grande para el resto del rostro.
Una boca que puede parecer muy mezquina, o extremadamente generosa, pero siempre sensual. Mis
emociones y estados de ánimo se reflejan siempre en mi expresión. Mi rostro está continuamente
animado.
Mi condición de vampiro se pone de relieve en la piel, extremadamente blanca y que refleja
excesivamente la luz: ello me obliga a maquillarme para aparecer ante cualquier tipo de cámara.
Cuando estoy sediento de sangre, mi aspecto produce verdadero horror: la piel contraída, las venas
como sogas sobre los contornos de mis huesos... Pero ya no permito que tal cosa suceda, y el único
indicio firme de que no soy humano son las uñas de mis dedos. A todos los vampiros nos sucede lo
mismo: nuestras uñas parecen de cristal. Y hay gente que se fija sólo en eso aunque no advierta nada
más.
Ahora soy lo que en Norteamérica llaman una superestrella del rock. He vendido cuatro millones de
copias de mi primer álbum y voy camino de San Francisco para dar el primer concierto de una gira
nacional que me llevará de costa a costa con mi grupo. MTV, el canal por cable de música rock, lleva dos
semanas pasando mis video-clips día y noche. También los pasan en el «Top of the Pops» inglés y en el
continente, así como en algunas partes de Asia además de en el Japón. Las cintas que recogen la serie
completa de video-clips se están vendiendo por todo el mundo.
También soy autor de una autobiografía que se publicó la semana pasada.
Respecto a mi inglés, idioma que utilizo en la autobiografía, lo empecé a aprender de boca de los
marineros que conducían las barcazas por el Mississippi hasta Nueva Orleans, doscientos años atrás.
Después, aumenté mis conocimientos con las obras de los escritores anglosajones, desde Shakespeare
a Mark Twain y Rider Haggard, a quienes leí con el transcurso de las décadas. El último aporte lo recibí
de los relatos policíacos de la revista Black Mask, a principios del siglo XX.
Eso fue en Nueva Orleans, en 1929.
Cuando escribo, tiendo a emplear un vocabulario que me habría resultado natural en el siglo XVIII, a
utilizar frases en el estilo de los autores que he leído. Cuando hablo, en cambio, a pesar de mi acento
francés, parezco una mezcla entre marinero fluvial y el detective Sam Spade. Por lo tanto, espero que no
me lo tengáis en cuenta si a veces mi estilo resulta contradictorio. Si, de vez en cuando, hago añicos la

Dos cosas fueron las que me hicieron volver a la actividad.
En primer lugar, la información que me estaba llegando a través de las voces amplificadas que habían
empezado a llenar el aire con sus cacofonías por la misma época en que me había retirado a dormir.
Me refiero, por supuesto, a las voces de las radios y de los fonógrafos y, más adelante, de los
aparatos de televisión. Oía las radios de los coches que pasaban por las calles del viejo Garden District,
cerca de donde yo yacía, y me llegaba el sonido de los fonógrafos y televisores de las casas que
rodeaban mi morada.
Veréis: cuando un vampiro deja de beber sangre y se limita a reposar en la tierra —es decir, en
nuestra jerga, cuando «se entierra»—, pronto queda demasiado débil para resucitarse a sí mismo, y entra
en un estado de sopor.
En ese estado, fui absorbiendo las voces lentamente, envueltas en mis propias imágenes mentales,
como les sucede a los mortales cuando sueñan. Sin embargo, en algún momento de los últimos
cincuenta y cinco años empecé a «recordar» lo que estaba oyendo, a seguir los programas de
esparcimiento, a escuchar los boletines de noticias, las letras y los ritmos de las canciones populares.
Y, muy lentamente, empecé a entender el calibre de los cambios que había experimentado el mundo.
Comencé a prestar atención a ciertos tipos concretos de información sobre guerras o nuevos intentos, a
ciertos nuevos modos de hablar.
A continuación, fui despertándome a un estado de vigilia. Me di cuenta de que ya no estaba soñando.
Estaba pensando en lo que oía. Estaba perfectamente despierto. Me hallaba sepultado bajo tierra y me
sentía sediento de sangre viva. Medité sobre que tal vez estaban ya curadas todas las viejas heridas que
yo había recibido. Quizá me habían vuelto las fuerzas. Quizás incluso habían aumentado, como sin duda
habría sucedido, con el paso del tiempo, de no haber sido herido. Deseé averiguarlo.
Comencé a obsesionarme con la idea de beber sangre humana.
La segunda cosa que me hizo volver a la actividad —el motivo decisivo, en realidad— fue la repentina
presencia, cerca de mi lugar de reposo, de un grupo de jóvenes cantantes de rock que se hacían llamar La Noche Libre de Satán.
Los jóvenes se instalaron en una casa de Sixth Street —a menos de una manzana de donde yo
dormitaba bajo mi casa de Prytania, cerca del cementerio Lafayette— y empezaron a ensayar sus piezas
de rock en el desván en algún momento de 1984.
Yo escuchaba el fragor de sus guitarras eléctricas, el frenesí de sus voces. Eran canciones tan
buenas como las que oía por las emisoras de radio o los equipos estéreos, y más melodiosas que la
mayoría. Pese a la contundencia de la batería, su música tenía algo de romántica. El piano eléctrico
sonaba como un clavicordio.
Capté imágenes de los pensamientos de los músicos y así supe qué aspecto tenían, qué veían
cuando se miraban entre ellos o ante un espejo. Eran unos jóvenes mortales esbeltos, nervudos y, en
conjunto, encantadores; dos chicos y una chica, seductoramente andróginos y hasta un poco salvajes en
sus movimientos y en su indumentaria.
Cuando se ponían a tocar, su música sofocaba todas las demás voces amplificadas a mi alrededor.

Sin embargo, eso, para mí, no resultaba ningún problema.
Tuve ganas de levantarme y de unirme a aquel grupo de rock llamado La Noche Libre de Satán. Sentí
deseos de cantar y de bailar.
Pero no puedo decir que, en un primer momento, esos deseos tuvieran mucho de pensamiento
elaborado. Me guiaba, más bien, un impulso irrefrenable, lo bastante poderoso como para hacerme salir
de las entrañas de la tierra.
Me sentía fascinado por el mundo de la música rock, por cómo sus cantantes podían gritar sobre el
bien y el mal, proclamarse ángeles o demonios, entre las ovaciones y el entusiasmo de los mortales. A
veces, parecían la personificación de la locura. Y, sin embargo, la complejidad de sus actuaciones
resultaba tecnológicamente deslumbrante. Era un espectáculo bárbaro y cerebral como no creo que el
mundo haya visto nunca en el pasado.
Por supuesto, todo aquel delirio era metafórico. Ninguno de aquellos cantantes creía en ángeles o
demonios, por muy bien que interpretaran sus papeles. Y también los actores de la antigua Commedia
italiana habían parecido igual de osados, de inventivos, de escandalosos.
Sin embargo, había en ellos algo totalmente nuevo: los extremos a que llevaban la actuación, la
brutalidad y el desafío que expresaban..., y el modo en que eran aceptados por el mundo, desde el más
rico al más pobre.
También había algo de vampirismo en la música rock. Debía sonarle sobrenatural incluso a quienes
no creían en lo sobrenatural. Me refiero a cómo la electricidad podía sostener indefinidamente una nota, a
cómo se podía superponer una armonía tras otra hasta que uno se sentía disolver en el sonido. ¡Qué
profunda sensación de temor reverencial despertaba aquella música! El mundo no la había
experimentado nunca de la misma forma hasta entonces.
Sí, quise acercarme más a ella. Quise hacerla. Tal vez llevar a la fama a aquel grupito desconocido.
La Noche Libre de Satán. Estaba dispuesto a volver a la vida.
Me llevó alrededor de una semana hacerlo. Me alimenté con la sangre fresca de los animalillos que
viven bajo tierra, cuando podía capturarlos. Después, empecé a excavar con las manos hacia la
superficie, donde pude recurrir a las ratas. Después, no me costó mucho cazar algunos felinos, hasta
llegar, finalmente, a la inevitable primera víctima humana, aunque tuve que esperar mucho para encontrar el tipo concreto de individuo que buscaba: un hombre que hubiera matado a otros mortales y no sintiera
remordimientos de ello.
Por fin, caminando muy pegado a la verja, se acercó alguien así, un joven de barba entrecana que
había matado a otro en cierto lugar muy lejano, al otro lado del mundo. Un auténtico homicida, sin la
menor duda. ¡Y, ah, ese primer sabor a lucha humana y a sangre humana!
Robar ropas de las casas próximas y recuperar parte del oro y las joyas que había escondido en el
cementerio Lafayette no me representó ningún problema.
Naturalmente, de vez en cuando tenía un sobresalto. El hedor de gasolina y a productos químicos me
ponía enfermo. El zumbido de los aparatos de aire acondicionado y el ruido de los aviones al pasar sobre
mi cabeza me producían dolor de oídos.

Con todo, a la tercera noche de haber reaparecido, ya circulaba rugiendo por Nueva Orleans en una
gran motocicleta Harley-Davidson de color negro, haciendo un ruido ensordecedor. Buscaba más
homicidas de los que alimentarme. Llevaba unas espléndidas ropas de cuero negro que había quitado a
mis víctimas y, en el bolsillo, un pequeño walkman Sony estéreo cuyos minúsculos auriculares hacían
sonar dentro de mi cabeza el Arte de la Fuga, de Bach, mientras daba gas por las avenidas.
Volvía a ser el vampiro Lestat. Estaba de nuevo en acción. Nueva Orleans volvía a ser mi territorio de
caza.
En cuanto a mis fuerzas, se habían triplicado respecto a lo que eran antes. De un salto, podía
alcanzar el tejado de una casa de cuatro pisos desde la calle. Podía arrancar rejas de las ventanas y
doblar por la mitad una moneda. Si quería, podía escuchar las voces y los pensamientos humanos a
manzanas de distancia.
Al final de la primera semana, contraté en un rascacielos de acero y cristal del centro de la ciudad a
una bella abogada que me ayudó a conseguir un certificado legal de nacimiento, una cartilla de la
Seguridad Social y un permiso de conducir. Buena parte de mis viejas riquezas estaban ya camino de
Nueva Orleans desde unas cuentas numeradas del inmortal Banco de Inglaterra y de la Banca
Rothschild.
Pero lo más importante de todo era que yo me encontraba muy concentrado en hacer
comprobaciones. Y constaté que cuanto me habían contado las voces amplificadas acerca del siglo XX
era verdad.
He aquí lo que descubrí mientras deambulaba por las calles de Nueva Orleans en 1984:
El sombrío y aterrador mundo industrial, del que hacía tanto tiempo me había retirado a mi largo
sueño, se había consumido por fin, y la vieja conformidad y pacata pudibundez burguesa habían perdido
su dominio de la mentalidad norteamericana.
La gente volvía a ser atrevida y erótica como en los viejos tiempos, antes de las grandes revoluciones
de la clase media de fines del siglo XVIII. Incluso su aspecto recordaba al de esos tiempos.
Los hombres ya no lucían el uniforme a lo Sam Spade —traje y sombreros grises, camisa y corbata—,
sino que, si lo deseaban, podían vestirse con sedas y terciopelos y colores chillones. Tampoco tenían ya
que cortarse el cabello como legionarios romanos; cada uno lo llevaba a la medida que quería.
Y las mujeres... ¡ah!, daba gloria ver a las mujeres, desnudas bajo el calor primaveral como si
estuvieran en tiempo de los faraones egipcios, con reducidísimas faldas cortas o vestidos como túnicas, o
luciendo pantalones de hombre y camisetas ajustadas sobre sus cuerpos curvilíneos, a su elección. Se
maquillaban y lucían aderezos de oro o de plata aunque fuera para ir a la tienda de la esquina, o bien
aparecían sin adornos y con el rostro absolutamente limpio de cosméticos: no importaba. Se rizaban el
cabello como María Antonieta, o lo llevaban corto, o se dejaban melena y la llevaban suelta.
Quizá por primera vez en la historia, resultaban tan fuertes e interesantes como los hombres.
Y todo esto sucedía no sólo entre los ricos, que siempre han poseído un cierto carácter andrógino y
una cierta alegría de vivir que los revolucionarios de las clases medias llamaron, en el pasado,
decadencia, sino entre la gente normal del país.

La antigua sensualidad aristocrática pertenecía ahora a todo el mundo. Estaba vinculada a las
promesas de la revolución de las clases medias y todos los individuos tenían derecho al amor, al lujo y a
las cosas elegantes.
Los grandes almacenes se habían convertido en palacios de embrujo casi oriental con sus
mercaderías expuestas entre moquetas de tonos suaves, música espectral y luz ámbar. En las
droguerías, abiertas las veinticuatro horas, las botellas de champú verdes y violetas brillaban como
piedras preciosas en las refulgentes estanterías de cristal. Las camareras acudían al trabajo en
automóviles de finas líneas tapizadas de cuero. Los trabajadores portuarios se daban un baño en la
piscina climatizada del jardín de su casa cuando volvían del trabajo. Las mujeres de la limpieza y los
fontaneros, al final de la jornada, vestían ropas de buena calidad y corte exquisito.
De hecho, la pobreza y la suciedad, habituales en las grandes ciudades de la Tierra desde tiempos
inmemoriales, habían desaparecido casi por completo.
No encontraba uno inmigrantes cayendo muertos de inanición en cualquier calleja. No había barrios
pobres superpoblados donde durmieran ocho o diez personas en una habitación. Nadie arrojaba los
desperdicios a las alcantarillas. El número de mendigos, tullidos, huérfanos y enfermos incurables se
había reducido hasta el punto de no apreciarse en absoluto su presencia por las calles inmaculadas de la
ciudad.
Hasta los borrachos y lunáticos que dormían en los bancos de los parques y en las estaciones de
autobuses comían carne con regularidad e incluso tenían radios que escuchar y llevaban ropas que
habían sido lavadas.
Pero esto era sólo en la superficie. Me quedé asombrado al comprobar otros cambios más profundos
provocados por aquel pasmoso sistema de vida.
Por ejemplo, algo completamente mágico había sucedido con las épocas.
Lo viejo ya no era sustituido rutinariamente por lo nuevo. Al contrario, el inglés que oía a mi alrededor
era el mismo que conocía del siglo XIX. Incluso la antigua jerga «no hay moros en la costa» o «mala
suerte» o «ahí está el asunto» seguía «funcionando». Al propio tiempo, otras frases novedosas y
fascinantes como «te han lavado el cerebro» o «es muy freudiano» estaban en labios de todos.
En el mundo artístico y del espectáculo, todos los siglos anteriores estaban siendo «reciclados». Los
músicos interpretaban por igual a Mozart que una música de jazz o de rock. La gente iba a ver
Shakespeare una noche, y una película francesa al día siguiente.
Uno podía comprar cintas de madrigales medievales en una enorme tienda iluminada con
fluorescentes y escucharlas en el equipo estéreo del coche mientras corría por la autopista a ciento
cincuenta por hora. En las librerías, la poesía del Renacimiento estaba a la venta junto a las novelas de
Dickens o de Ernest Hemingway. Los manuales de educación sexual coexistían en la misma estantería
con el Libro de los Muertos egipcio.
A veces, la riqueza y la pulcritud que me rodeaban se convertían en una especie de alucinación, y yo
me sentía como a punto de desmayarme.
En los escaparates de las tiendas, contemplaba estupefacto ordenadores y teléfonos de formas y colores tan puros como las conchas de moluscos más exóticas de la naturaleza. Limusinas plateadas de
enormes proporciones navegaban por las estrechas callejas del barrio francés como indestructibles
monstruos marinos. Deslumbrantes torres de oficinas desgarraban el cielo nocturno como obeliscos
egipcios al lado de los desvencijados edificios de ladrillo de la vieja Canal Street. Incontables programas
de televisión vertían su incesante flujo de imágenes en el aire acondicionado de las habitaciones de hotel.
Pero, en verdad, yo no estaba sufriendo una serie de alucinaciones. El siglo XX había heredado la
tierra en todos los sentidos de la expresión.
Y una parte no pequeña de este imprevisto milagro era la inocente curiosidad de las gentes en medio
de su libertad y de su prosperidad. El Dios cristiano estaba tan muerto como en el siglo XVIII, y ninguna
nueva religión mitológica había ocupado el lugar de la anterior.
Como contrapartida, hasta la gente más sencilla de esta época era impulsada por una vigorosa
moralidad secular, más fuerte que cualquier moral religiosa que yo hubiera conocido. Los intelectuales
marcaban la pauta, pero, por todo el país, personas muy corrientes y normales se preocupaban
apasionadamente de «la paz», «los hombres» y «el planeta», como impulsadas por un celo místico.
En este siglo se proponían eliminar el hambre. Y acabar a toda costa con la enfermedad. Discutían
con ardor sobre la ejecución de criminales condenados, sobre el aborto. Y combatían las amenazas de la
«contaminación ambiental» y del «holocausto nuclear» con la misma ferocidad con que siglos atrás la
había empleado el hombre contra la brujería y las herejías.
En cuanto a la sexualidad, ya no era un asunto envuelto en supersticiones y temores. El tema se
había despojado de sus últimas connotaciones religiosas. Por eso la gente se paseaba medio desnuda.
Por eso se besaban y se abrazaban por las calles. Ahora se hablaba de ética y de responsabilidad y de la
belleza del cuerpo. Había barreras muy efectivas para librarse de un embarazo o del contagio de
eventuales enfermedades venéreas.
¡Ah, el siglo XX! ¡Ah, las vueltas que da el mundo!
El futuro había sobrepasado mis sueños más descabellados. Había dejado como estúpidos a los
agoreros del pasado.
Medité mucho sobre esta moralidad secular libre de pecados, sobre este optimismo, sobre este
mundo brillantemente iluminado donde el valor de la vida humana era mayor de lo que había sido nunca.
En la amarillenta penumbra de luz eléctrica de una espaciosa habitación de hotel, me senté ante la
pantalla del televisor para ver una película de guerra, asombrosamente bien hecha, titulada Apocalypse
Now. Era una gran sinfonía de sonido y color que cantaba a la centenaria batalla del mundo occidental
contra el mal. «Debe hacerse amigo del horror y del terror moral», dice el comandante loco en la salvaje
jungla camboyana, a lo que el hombre occidental contesta lo que siempre ha respondido: «No».
No. El horror y el terror moral no pueden tener disculpa jamás. No tienen valor real. El mal en estado
puro no tiene cabida real.
Y eso significa que yo no tengo cabida, ¿verdad?
Excepto, quizás, en el arte que repudia el mal —los cómics de vampiros, las novelas de horror, los
viejos relatos fantásticos del Romanticismo— o en los cantos rugientes de los astros del rock que representan en el escenario las batallas contra el mal que cada mortal libra en su interior.
Aquella desconcertante irrelevancia para el desarrollo general de las cosas era suficiente para que un
monstruo surgido del pasado volviera al seno de la tierra, para hacerle enterrarse y llorar. O para hacerle
convertirse en un cantante de rock. Bien pensado...
Me pregunté dónde estarían los demás monstruos del pasado. ¿Cómo existirían otros vampiros en un
mundo donde cada muerte quedaba registrada en gigantescos ordenadores electrónicos, y donde los
cuerpos eran conducidos a criptas refrigeradas? Probablemente, se esconderían en las sombras como
repugnantes insectos, como siempre habían hecho, por mucho que filosofaran y celebraran reuniones.
Muy bien: cuando yo alzara la voz junto a mi grupito de rock, La Noche Libre de Satán, tardaría muy
poco en hacerles salir a todos a la superficie.
Continué mi educación en el mundo moderno. Conversé con mortales en estaciones de autobús y
gasolineras y en elegantes locales de copas. Leí libros. Me atavié con brillantes ropas de ensueño en las
tiendas elegantes. Llevaba camisas blancas de cuello de cisne y chaquetas de safari de color caqui
tostado, o lujosas americanas de terciopelo gris con bufanda de cachemira. Me oscurecía el rostro con
maquillaje para poder pasar bajo las luces de los supermercados abiertos noche y día, los locales de
hamburguesas, las callejas carnavaleras donde se sucedían los clubes nocturnos.
Estaba aprendiendo. Estaba entusiasmado.
Y el único problema que tenía era que escaseaban los asesinos de quienes alimentarse. En este
mundo reluciente de inocencia y abundancia, de gentileza y jovialidad y estómagos llenos, los ladrones
rebanapescuezos del pasado y sus peligrosos escondrijos portuarios habían casi desaparecido.
Así, pues, tuve que esforzarme para conseguir una vida. Sin embargo, siempre he sido un cazador y
me gustaban los tenebrosos salones de billar, llenos de humo y con una única luz bañando el tapete
verde rodeado de ex presidiarios tatuados, tanto como los brillantes clubes nocturnos forrados de satén
de los grandes hoteles de cemento. Y cada vez aprendía más cosas de mis presas: los traficantes de
drogas, los proxenetas, los asesinos que se juntaban a las pandillas de motoristas.
Y estaba más resuelto que nunca a no beber sangre inocente.
Por fin, llegó el momento de visitar a mis vecinos, el grupo de rock La Noche Libre de Satán.
A las seis y media de una tarde de sábado cálida y húmeda, llamé al timbre del cuarto de ensayo del
desván. Los hermosos jóvenes estaban echados en el suelo con sus camisas de seda irisadas y sus
pantalones de lona ajustados, fumando un poco de marihuana y quejándose de su cochina mala suerte
para conseguir «bolos» en el sur.
Parecían unos ángeles bíblicos, con su cabello largo, limpio y desgreñado, y sus movimientos felinos;
sus aderezos eran egipcios. Y se maquillaban la cara y los ojos incluso para ensayar.
Me sentí abrumado de excitación y de amor con sólo mirar a aquel trío, Alex y Larry y la apetitosa
Dama Dura.
Y en un espeluznante momento en que el mundo pareció quedarse quieto bajo mis pies, les revelé
quién era. La palabra «vampiro» no les resultó nada nuevo. En la galaxia donde aquellos jóvenes
brillaban, un millar de cantantes habían lucido ya el disfraz teatral de la capa negra y los colmillos. Pese a todo, revelar aquella verdad prohibida a los mortales me hizo sentir muy extraño. En
doscientos años, jamás se la había revelado a nadie que no estuviera ya marcado para convertirse en
uno de nosotros. Ni siquiera se lo había confiado nunca a mis víctimas antes de que cerrasen los ojos.
Y ahora, en cambio, se lo dije clara y abiertamente a aquellas hermosas criaturas. Les dije que quería
cantar con ellos y que, si confiaban en mí, terminarían ricos y famosos. Que yo les sacaría de aquel
desván y les conduciría al gran mundo montados en una ola de ambición sobrenatural y despiadada.
Sus ojos se empañaron mientras me miraban, y la pequeña estancia del siglo XX, de estuco y tablero,
se llenó de risas y de entusiasmo.
Me armé de paciencia con ellos. ¿Por qué no iba a hacerlo? Yo sabía que era un demonio y que podía
imitar casi todos los sonidos y movimientos humanos, pero, ¿cómo podía hacérselo entender? Me
coloqué ante el piano eléctrico y empecé a tocar y a cantar.
Al principio imité las canciones rock, y luego fui evocando viejas letras y melodías, canciones
francesas enterradas en lo más profundo de mi alma pero nunca abandonadas del todo, y las fundí con
unos ritmos brutales imaginando ante mí un pequeño teatro parisiense, abarrotado allí lejos en un tiempo
de hacía cientos de años. Un peligroso apasionamiento henchía mi ser, casi amenazando mi equilibrio.
Era peligroso que aquel sentimiento surgiera tan pronto. Pese a ello, continué cantando y golpeando las
bruñidas teclas blancas del piano eléctrico, y algo se me rasgó en el alma. No importaba que aquellas
tiernas criaturas mortales que me rodeaban no lo supieran nunca.
Me bastaba con que estuvieran exultantes, que les encantara aquella música espectral e inconexa,
que estuvieran gritando, que vieran un futuro de prosperidad; me bastaba con ver en ellos nacer y crecer
el ímpetu del que habían carecido hasta entonces. Conectaron las grabadoras y empezamos a tocar y a
cantar juntos, haciendo lo que llamaban una jam session. El desván se llenó del aroma de su sangre y de
nuestras atronadoras canciones.
A continuación, sin embargo, recibí una sorpresa como nunca había imaginado ni en mis sueños más
extraños, algo tan extraordinario como la propia revelación que hacía un rato había yo hecho a aquellas
criaturas. De hecho, resultó tan abrumadora que me habría podido impulsar a retirarme de su mundo y
volver a enterrarme.
No quiero decir con ello que habría vuelto a caer en el estado de sopor profundo, pero seguramente
me habría apartado de La Noche Libre de Satán y me habría pasado unos años vagando, aturdido y
tratando de recuperarme del golpe.
Lo que sucedió fue que los dos chicos —Alex, el delgado y nervudo batería de aspecto delicado, y su
rubio hermano, Larry, el más alto— reconocieron mi nombre cuando les revelé que era Lestat.
No sólo lo reconocieron, sino que lo relacionaron con toda una serie de informaciones acerca de mí
que habían leído en un libro.
De hecho, les pareció magnífico que no pretendiera ser un vampiro cualquiera. Ni, por supuesto, el
conde Drácula. Todo el mundo estaba harto del conde Drácula. Los jóvenes consideraron maravilloso
que me hiciera pasar por el vampiro Lestat.
—¿Cómo que «hacerme pasar»? —protesté, pero ellos se burlaron de mi exagerada teatralidad, de mi
Miembros del Clan: 24
Nombre: Nivel: Rango:
SHADOWN 16 Candidato
malexander 13 Candidato
L0rd007 13 L0rd 0f vampire
spik 12 advisor military
letzel 12 soldier of the death
L0rd0007 11 descenden L0rd 0f vampire
lord0007 11 descenden L0rd 0f vampire
L0rd000007 11 descenden L0rd 0f vampire
Garu 11 advisor military
L0rd00007 10 descenden L0rd 0f vampire
Sklave 9 3L g3n3raL dEatH
LORD_TESLAT 9 Candidato
black_soul_x 6 Candidato
Lord K-pra 5 soldier of the death
xorxe_696 5 Candidato
selendark 4 soldier of the death
Blod Dark 3 soldier of the death
darksamahebe 3 soldier of the death
ANGELUCUS 3 soldier of the death
alex drake 1 soldier of the death
Angel Meier 1 soldier of the death
angel_dark666 1 Candidato
SERKET 1 Candidato
SET ABIMAEL 1 Candidato
Vista de la guarida del Clan:
 


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